jueves, 9 de febrero de 2012

Contemplaba con cierta curiosidad el horizonte de mi mente, recostada en el asiento del copiloto de la furgoneta y con unas gafas antiguas y enormes puestas, escuchaba de fondo "Whatever" de Oasis. Soñaba despierta que danzaba entre una especie de espirales de humo de colores psicodélicos e hipnotizantes, las gamas de colores variados iban enrredandose en mis caderas, los gemelos, acariciándome las muñenas y haciéndome cosquillas en la espalda. La ventana trasera estaba abierta, dejando entrar el aire y colándose éste entre las finas láminas de metal colgadas en el techo de la furgoneta, junto a las bolas y plumas de colores de las decenas de atrapa sueños.  El sonido del chocar de los metales me envolvía a la vez que la música, estaba llegando al trance, casi creía que podía levitar. Mi pelo seguía las ondas que formaba el viento, esparciendo mi perfume por todo el coche. Él, sin embargo, luchaba por estar más atento a la carretera que a mis piernas que reposaban sobre el salpicadero.

Desperté de aquel extraño estado y le mirè. Subió lentamente la mirada hasta mis ojos, lamiéndome con ella de abajo a arriba, me dedicó una sonrisa pícara, la cula me dio un enorme vuelco al corazón, me lo hubiera comido a besos de no ser porque nos jugariamos la vida si lo hacia, le devolvi la sonrisa y volvio la vista a la carretera. Me acerqué a su oido y le mordí la oreja, se estremeció. Dejé escapar una sonrisa traviesa y puse la música a toda pastilla. Bajé el asiento hacia atrás de forma que pudiera pasarme a los asientos traseros. Me recosté sobre un montón de cojines con borlones de lana y fundas sedosas, auqello era el cielo. Me sentía como un bebé en su cuna observando formas luminosas en el techo a punto de dormise, pero ¿qué diablos? Yo no tenía ganas de dormir precisamente. Me arrodillé a mirar por el cristal de atrás todo el recorrido. Las playas cristalinas de California quedaban atrás, el cielo estaba limpio y azul repleto de risueñas cometas danzantes. Saqué la cabeza por la ventanilla y grité, grité como nunca. Éramos jóvenes, éramos libres y nos sentíamos como los reyes del mundo.
Tenía todo lo que necesitaba  para ser feliz: a él y al mundo en nuestras manos, aquellos fueron otros tiempos. Aquellos fueron los mejores años de mi vida.

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