En la noche mi Popo me llevaba a la torre a examinar el espacio infinito sembrado de las luces, así aprendí a distinguir las estrellas azules que se acercan y las rojas que se alejan, los cúmulos de galaxias y los supercúmulos, estructuras aún más inmensas, de las cuáles hay millones. Me explicaba que el Sol es una estrella pequeña entre cien millones de estrellas en la Vía Láctea y que seguramente había millones de otros universos además del que ahora podemos vislumbrar. "O sea, Popo, somos menos que un suspiro de piojo", era mi conclusión lógica. "¿No te parece fantástico, Maya, que estos suspiros de piojos podamos concebir el prodigio del universo? Un astrónomo necesita más imaginación poética que sentido común, porque la magnífica complejidad del universo no puede medirse ni explicarse, sólo puede intuirse." Me hablaba de gas y de polvo estelar que forman las bellísimas nebulosas, verdaderas obras de arte, brochazos intrincados de colores magníficos en el firmamento, de cómo nacen y mueren las estrellas, de los hoyos negros, del espacio y del tiempo, de cómo posiblemente todo se originó con el Big Bang, una explosión indescriptible, y de las partículas fundamentales que formaron los primeros protones y neutrones, y así, en procesos cada vez más complejos, nacieron las galaxias, los planetas, la vida. "Venimos de las estrellas", solía decirme.




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